jueves, 27 de agosto de 2009

Las Fiestas


No estoy en Las Mestas. Como tantos otros, sólo estuve durante las fiestas, hace ahora más de una semana, y pude volver a saborear la caldereta, bailar en la orquesta y desperazarme por las mañanas en el Charco La Olla después de una noche de farra. Aunque sólo fuese una, porque este año parece que la crisis se han hecho notar incluso en la organización de las fiestas y sólo ha habido verbena un día, la víspera del Cristo.


Quizás por eso, cuando llegó el día quince tuve la sensación de que habían pasado las fiestas y que ni me había enterado, y puede que, también por esa circunstancia, por rabia y rebeldía, los pocos jóvenes de la alquería, al calor de unas copas donde el Vikingo, decidiesen postularse como mayordomos para el próximo año. Organizar unas fiestas como las de hace años y entonar en los tempraneros pasacalles ese "Soy de Las Mestas, bonita aldea", desde el Teso a la puerta del Lineras. Les recibirán así el aguardiente y las roscas en las puertas de las casas y cuando ellos se vayan a acostar con el pueblo encendido, seguirá el jaleo de voces y gentes en la carretera. No se enterarán de los pitidos del panadero anunciando su llegada, ni del de los melones ni del del queso, pero cuando despierten tendrán en la mesa el pan y los recuerdos vivos. Caminarán luego, en bañador, hasta encontrarse unos a otros y bajarán al río, a sentarse en las rocas. Se bañarán y tomarán cerveza en el bar. Subirán después de vuelta al pueblo la cuesta con la toalla al hombro y se acercarán hasta la puerta de Perico a ver la orquesta que aún les queda para esa noche: "Uy madre, no sé si tendré que poner el coche en medio de la plaza y encender la radio porque me da a mi que estos, poco", dirá alguno. Otro, más sabio, le reprochará: "Mejor calla, ¿o no te acuerdas del año pasado?

martes, 18 de marzo de 2008

La Resistencia

Hace pocas semanas nació en Plasencia una niña de padres hurdanos residentes en Las Mestas: él, del pueblo; ella, de Vegas. Es el primer nacimiento en nuestra alquería desde hace más de diez años y merece un brindis a la Resistencia, un "viva" a las personas que con coraje han decidido no cerrar la puerta y se han quedado a trabajar y vivir en su pueblo. Saben que es posible, que a su hija no le faltará nada: tendrá su guardería a no más minutos de casa que los niños de cualquier ciudad, su colegio, su instituto, sus referencias... Vivirá en Las Hurdes porque es posible.

Ya empieza a florecer el monte después del invierno y la muchachina que poblará con su llanto y su risa las calles del pueblo es un soplo de vida en nuestro otoño. Ha brotado una flor en nuestra tierra que crecerá y se hará fuerte bajo el Canchón. Pronto volverá a correr agua por el canal.

sábado, 9 de febrero de 2008

¿Quién queda?

Cada vez menos. Cada vez más solos. Incluso aquí, en la red, más de medio año después sigo dando palos de ciego, sin obtener una sóla respuesta. No culpo a nadie pues yo soy el primero que ha olvidado este espacio durante demasiado tiempo.

La mayoría de los últimos jovenes que quedaban en Las Mestas se han ido. Ha vuelto alguno pero nada que ver con los que cerraron la puerta de sus casas. Y el caso es que no se han ido ni a Madrid ni a Salamanca ni al País Vasco, a eso que los viejos llamaban las capitales. Qué va. Están a 25 o 30 kilómetros. En el Pino, en Caminomorisco; quizás haya alguno en La Alberca. Si no se han ido de Las Hurdes es porque tienen trabajo aquí pero está claro que nuestra alquería no les ofrece más que algo de sol y mucho silencio en invierno, la montaña, un bar que cierra cuando quiere y otra vez silencio. Se han casado o lo van a hacer y han echado raíces en otros pueblos. A diferencia de lo que había en Las Mestas, allí encuentran ambiente, juventud y casas. El maldito suelo del pueblo. Ni que fuera oro, joder. Y todo por el ayuntamiento. Todos viviendo apelotonados en poco más de tres hectáreas y rodeados de campo y huertos que ya no cultiva nadie. Qué le costaba al señor alcalde de turno urbanizar terrenos rústicos. Qué le costaba decir "las parejas que se queden tienen 200 metros cuadrados gratis para que se puedan hacer su casa". No, no jodas. Cómo van a regalar la tierra, no ves que en todas las partes del mundo los hombes son hijos de la tierra y en Las Hurdes la tierra es hija de los hombres. Y menudos son los hombres con sus hijas, cómo para dejarlas de la mano de cualquiera. "La tierra no se vende", he oído en casa miles de veces como si fuera una letanía que se repite de generación en generación.

Me pregunto que pasará por la cabeza del que sea alcalde de Ladrillar. Llegará al ayuntamiento los lunes, se sentará un rato en el despacho, preguntará al secretario como va lo de los pinos y se irá a tomar un café al bar. Atenderá alguna queja de algún vecino, irá a las reuniones de la Mancomunidad. Así semana tras semana, mes tras mes, durante cuatro años. Ojalá un día de estos echase la cuenta de la gente que se ha ido de mi pueblo, de Cabezo, Ladrillar y Riomalo de Arriba en los últimos cuatro años.

viernes, 29 de junio de 2007

La red de Las Mestas

Hasta no hace mucho hablar de redes en el pueblo era hablar de pesca, del río en las horas de siesta, de tábanos que atacaban la espalda y del charco L'Apertaúa. Era el trasmayo cuajado de bogas oculto en una mochila y zapatillas mojadas. Ya en la cochera, cuando el sol decía adiós más allá de la Vega de Los Conejos, la plata sobre el verde que no se había podido retirar antes iba cayendo al barreño. Hojas y ramas enredadas en los plomos y en los corchos iban siendo desenredadas por manos expertas. Y de la cocina llegaba ya el olor de la cebolla, el tomate y el moje en el que se zambullirían los peces...

Esa red no ha muerto y todos los veranos, quizás de manera dañina, sigue dando ratos de alegría en muchas casas. Hace poco me enteré de que ha nacido una ventanita a Las Mestas en La Red que todo lo inunda para poder ver la ribera del río desde El Calderón hasta la pesquera: http://www.lasmestas.es/

jueves, 5 de abril de 2007

Camino del cielo

En las noches de luna llena me gusta caminar por la carretera que sube al cuartel. Aunque no es un viaje muy largo yo casi siempre me paro antes de la mitad, en la primera curva. La vía gira con rabia hacia la izquierda y da la sensación de que allí se acaba el mundo. La pared que separa la carretera del olivar se interrumpe y deja paso a una pista de tierra que se pierde entre viejas cajas de colmenas y arbolillos. Me gusta sentarme justo al final del muro. Atrás quedan las luces del pueblo: la farola del Lineras y, en lo alto, el Teso que tirita. Ante mis ojos la nada y todo. Estrellas y estrellas fugaces que, a veces, parecen hacer frente a la luna. Los coches que suben y bajan el valle parecen luceros que han visto en el río su firmamento. Cuando desaparecen se oye tímidamente al arroyo. El resto todo es cielo, todo es infinito...