domingo, 13 de septiembre de 2009

Nuevas visitas, viejos planes


El pasado viernes, nuestra alquería recibió al presidente de la Junta de Extremadura, Guillermo Fernández Vara. El motivo de su visita fue la celebración de un Consejo de Gobierno y la presentación del Plan de Actuación en la Comarca de Las Hurdes, orientado a contrarrestar los efectos del gran incendio del pasado verano y cuyo presupuesto alcanza los 20 millones de euros. Se habló allí de restauración forestal, de mejoras en el abastecimiento del agua y de la lucha contra la erosión. Temas, todos ellos, importantes y que han ocupado una parte central de las políticas que se han desarrollado en la comarca en las últimas décadas. Sin embargo, aunque nos pese, el resultado siempre es el mismo. Cada "x" años un gran incendio asola los montes y cerca a los pueblos. Cuando por fin se apaga, llegan las máquinas y los caminones y se llevan la madera de los árboles quemados que aún puede ser aprovechada, y, más tarde, un proyecto estrella diseña más y más pistas forestales que se asemejan a profundas cicatrices en las montañas.
A la gente se le llena la boca con lo de la "riqueza paisajística" de Las Hurdes y no es verdad. La mano del hombre ha sido tan fuerte y dañina en la comarca, que sólo ha dejado pequeños reductos de verdadero valor ecológico en rincones prácticamente inaccesibles. Las encinas y los robles siguen en las cumbres del Risco Gordo; en los cortados del río Hurdano, frente a Nuñomoral, se agarran los tejos; y desde la carretera que va de Las Mestas a la Vega del Canto, al otro lado del río pueden verse viejos enebros que protegen un hondo regato. Pero, por desgracia, y aunque estos son sólo algunos ejemplos, no hay mucho más. A 2 kilómetros de nuestra alquería por la carretera de Batuecas, pueden verse con claridad esas ansias por hacer pistas y mas pistas, justo hasta el límite con Salamanca. Sobrepasando la linde, el paisaje está intacto. ¿Es que no se han dado cuenta de que algo no funciona con esas políticas?
Las Hurdes se despueblan y siguen con lo mismo de siempre. La gente que visita nuestras tierras lo hace por la naturaleza, que, por ejemplo, se contempla desde la Hospedería de Las Mestas, desde la que habló Vara. Pero ya sobre ésta avanza otra herida, otra pista que corta el monte, y no siempre con un propósito claro.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Bajo el puente de la Vega los Conejos

Cuando era pequeño me gustaba ir a la "resbalatera" de debajo del puente que va para la Vega de los Conejos. Era toda una excursión ir desde los canchales del Charco la Hoya hasta las compuertas, bordearlas y meter la cabeza detrás de la cascada que allí se formaba. Jugaba a hablar con mis primos detrás de la cortina de agua, como si fuese otro mundo, aunque nunca dijésemos nada del otro mundo. Luego, bajábamos poco a poco, por entre las piedras y los juncos, y las ranas saltaban a nuestro paso. El agua corría con fuerza y las sombras hacían que la temperatura bajase increíblemente. A mi siempre me maravillaba la perfección de las rocas sobre las que se levanta la almazara, tan lisas y uniformes que parecía que fuesen de agua endurecida por un misterioso conjuro. ¡Si hasta se veían pequeñas ondas si te fijabas con atención! Ponía mi mano en ellas y al momento la dirigía hacia el agua acompañando a la piedra en su baño. Bajo la corriente, cobraba vida y más bien se me asemejaba al cuerpo suave y resbaladizo de los peces que a veces iba a coger con mi tío.
Me posaba en el agua, en medio de las rocas, y me daba un pequeño empujón. ¡Zas!, mi cuerpo bajaba alocado hasta el final de la "resbalatera" en un viaje vertiginoso, que me hacía remontar rápidamente hasta arriba para volver a lanzarme. Así una y otra vez hasta que la voz de mi madre me hacía regresar al Charco la Hoya.
No estaba todavía el chiringuito y los bañistas comían pipas al sol.

jueves, 27 de agosto de 2009

Las Fiestas


No estoy en Las Mestas. Como tantos otros, sólo estuve durante las fiestas, hace ahora más de una semana, y pude volver a saborear la caldereta, bailar en la orquesta y desperazarme por las mañanas en el Charco La Olla después de una noche de farra. Aunque sólo fuese una, porque este año parece que la crisis se han hecho notar incluso en la organización de las fiestas y sólo ha habido verbena un día, la víspera del Cristo.


Quizás por eso, cuando llegó el día quince tuve la sensación de que habían pasado las fiestas y que ni me había enterado, y puede que, también por esa circunstancia, por rabia y rebeldía, los pocos jóvenes de la alquería, al calor de unas copas donde el Vikingo, decidiesen postularse como mayordomos para el próximo año. Organizar unas fiestas como las de hace años y entonar en los tempraneros pasacalles ese "Soy de Las Mestas, bonita aldea", desde el Teso a la puerta del Lineras. Les recibirán así el aguardiente y las roscas en las puertas de las casas y cuando ellos se vayan a acostar con el pueblo encendido, seguirá el jaleo de voces y gentes en la carretera. No se enterarán de los pitidos del panadero anunciando su llegada, ni del de los melones ni del del queso, pero cuando despierten tendrán en la mesa el pan y los recuerdos vivos. Caminarán luego, en bañador, hasta encontrarse unos a otros y bajarán al río, a sentarse en las rocas. Se bañarán y tomarán cerveza en el bar. Subirán después de vuelta al pueblo la cuesta con la toalla al hombro y se acercarán hasta la puerta de Perico a ver la orquesta que aún les queda para esa noche: "Uy madre, no sé si tendré que poner el coche en medio de la plaza y encender la radio porque me da a mi que estos, poco", dirá alguno. Otro, más sabio, le reprochará: "Mejor calla, ¿o no te acuerdas del año pasado?

martes, 18 de marzo de 2008

La Resistencia

Hace pocas semanas nació en Plasencia una niña de padres hurdanos residentes en Las Mestas: él, del pueblo; ella, de Vegas. Es el primer nacimiento en nuestra alquería desde hace más de diez años y merece un brindis a la Resistencia, un "viva" a las personas que con coraje han decidido no cerrar la puerta y se han quedado a trabajar y vivir en su pueblo. Saben que es posible, que a su hija no le faltará nada: tendrá su guardería a no más minutos de casa que los niños de cualquier ciudad, su colegio, su instituto, sus referencias... Vivirá en Las Hurdes porque es posible.

Ya empieza a florecer el monte después del invierno y la muchachina que poblará con su llanto y su risa las calles del pueblo es un soplo de vida en nuestro otoño. Ha brotado una flor en nuestra tierra que crecerá y se hará fuerte bajo el Canchón. Pronto volverá a correr agua por el canal.

sábado, 9 de febrero de 2008

¿Quién queda?

Cada vez menos. Cada vez más solos. Incluso aquí, en la red, más de medio año después sigo dando palos de ciego, sin obtener una sóla respuesta. No culpo a nadie pues yo soy el primero que ha olvidado este espacio durante demasiado tiempo.

La mayoría de los últimos jovenes que quedaban en Las Mestas se han ido. Ha vuelto alguno pero nada que ver con los que cerraron la puerta de sus casas. Y el caso es que no se han ido ni a Madrid ni a Salamanca ni al País Vasco, a eso que los viejos llamaban las capitales. Qué va. Están a 25 o 30 kilómetros. En el Pino, en Caminomorisco; quizás haya alguno en La Alberca. Si no se han ido de Las Hurdes es porque tienen trabajo aquí pero está claro que nuestra alquería no les ofrece más que algo de sol y mucho silencio en invierno, la montaña, un bar que cierra cuando quiere y otra vez silencio. Se han casado o lo van a hacer y han echado raíces en otros pueblos. A diferencia de lo que había en Las Mestas, allí encuentran ambiente, juventud y casas. El maldito suelo del pueblo. Ni que fuera oro, joder. Y todo por el ayuntamiento. Todos viviendo apelotonados en poco más de tres hectáreas y rodeados de campo y huertos que ya no cultiva nadie. Qué le costaba al señor alcalde de turno urbanizar terrenos rústicos. Qué le costaba decir "las parejas que se queden tienen 200 metros cuadrados gratis para que se puedan hacer su casa". No, no jodas. Cómo van a regalar la tierra, no ves que en todas las partes del mundo los hombes son hijos de la tierra y en Las Hurdes la tierra es hija de los hombres. Y menudos son los hombres con sus hijas, cómo para dejarlas de la mano de cualquiera. "La tierra no se vende", he oído en casa miles de veces como si fuera una letanía que se repite de generación en generación.

Me pregunto que pasará por la cabeza del que sea alcalde de Ladrillar. Llegará al ayuntamiento los lunes, se sentará un rato en el despacho, preguntará al secretario como va lo de los pinos y se irá a tomar un café al bar. Atenderá alguna queja de algún vecino, irá a las reuniones de la Mancomunidad. Así semana tras semana, mes tras mes, durante cuatro años. Ojalá un día de estos echase la cuenta de la gente que se ha ido de mi pueblo, de Cabezo, Ladrillar y Riomalo de Arriba en los últimos cuatro años.