El Mundial iba avanzando y a nuestro campo se iban sumando grandes jugadores que a veces luchaban los balones entre los coches que aparcaban en la medular del terreno de juego. Allí estaban Roger Milla, Matthäus, Lineker... Y así llegó la gran final. En el bar de la Ramona no cabía un alma. La gente bebía mahous y picaba aceitunas. Alemanes contra argentinos. Yo quería que Maradona hiciese de las suyas, que buscase la espalda de los defensas y batiese a Bodo Illgner pero no pudo ser. Un penalty transformado por Andreas Brehme en el minuto 87 acabó con mis esperanzas y disparó los gritos de los que ya fuera junto al cercado, en las Herrerías o en la Factoría habían defendido siempre el juego físico de los alemanes y su contundencia. En la entrega de trofeos vi que Maradona lloraba al otro lado de la pantalla. "¡Qué sentimental!", escuché que alguien dijo a mi lado. Salí del bar y bajé la cuesta. Antes de doblar la esquina de los Capitanes se oían ya las voces de los muchachos: "Atención, Brehme va a disparar... el gol puede valer una Copa del Mundo...". No hubo tiempo para más. Una mujer salió corriendo detrás de Brehme y Goycoechea: "¡Y no volváis por aquí!, todo el día con el balón a vueltas...". El Mundial había terminado.
viernes, 18 de junio de 2010
Los Mundiales
Tengo un recuerdo muy vivo y grato del Mundial de Italia'90. No de la actuación de la selección española, que cayó en octavos contra Yugoslavia y a la que todavía no se llamaba 'la Roja', pero sí de otros partidos. Sobre todo, de las reacciones que iban provocando las actuaciones de algunos futbolistas extranjeros entre los muchachos del pueblo. Me acuerdo, por ejemplo, de que aunque Argentina no jugó muy bien y fue pasando rondas más por oficio que por clase,nos causaba admiración. Por las tardes, después de ver los partidos, siempre aparecía alguien con un balón e intentábamos recrear los goles que acabábamos de ver por televisión.
Maradona colgaba balones con una calidad exquisita desde la puerta de la Tía Julia y Claudio Caniggia, la gran revelación del campeonato, saltaba más que los contrarios para hacerse con el balón y disparar contra una pared de piedra entre dos parras sin que Tafarell, el arquero brasileño, pudiese hacer nada. En cuartos de final el rival de la albiceleste, que seguía encandilando a los mozos, era Yugoslavia, verdugo de España, y ahí ya había división de opiniones a la hora de pedirse un jugador. Los delanteros querían ser Caniggia y el Pelusa -siempre Diego-. Otros, más exquisitos, no olvidaban a Dragan Stojkovic, que tenía un guante en su pie derecho, aunque a menudo mandasen el cuero a los olivos del cercado. Normalmente nadie quería ser portero, pero como aquel día la tanda de penaltys había encumbrado a Goycoechea todos quisimos hacer palomitas y volvimos a casa magullados de tanto tirarnos por el asfalto.
El Mundial iba avanzando y a nuestro campo se iban sumando grandes jugadores que a veces luchaban los balones entre los coches que aparcaban en la medular del terreno de juego. Allí estaban Roger Milla, Matthäus, Lineker... Y así llegó la gran final. En el bar de la Ramona no cabía un alma. La gente bebía mahous y picaba aceitunas. Alemanes contra argentinos. Yo quería que Maradona hiciese de las suyas, que buscase la espalda de los defensas y batiese a Bodo Illgner pero no pudo ser. Un penalty transformado por Andreas Brehme en el minuto 87 acabó con mis esperanzas y disparó los gritos de los que ya fuera junto al cercado, en las Herrerías o en la Factoría habían defendido siempre el juego físico de los alemanes y su contundencia. En la entrega de trofeos vi que Maradona lloraba al otro lado de la pantalla. "¡Qué sentimental!", escuché que alguien dijo a mi lado. Salí del bar y bajé la cuesta. Antes de doblar la esquina de los Capitanes se oían ya las voces de los muchachos: "Atención, Brehme va a disparar... el gol puede valer una Copa del Mundo...". No hubo tiempo para más. Una mujer salió corriendo detrás de Brehme y Goycoechea: "¡Y no volváis por aquí!, todo el día con el balón a vueltas...". El Mundial había terminado.
El Mundial iba avanzando y a nuestro campo se iban sumando grandes jugadores que a veces luchaban los balones entre los coches que aparcaban en la medular del terreno de juego. Allí estaban Roger Milla, Matthäus, Lineker... Y así llegó la gran final. En el bar de la Ramona no cabía un alma. La gente bebía mahous y picaba aceitunas. Alemanes contra argentinos. Yo quería que Maradona hiciese de las suyas, que buscase la espalda de los defensas y batiese a Bodo Illgner pero no pudo ser. Un penalty transformado por Andreas Brehme en el minuto 87 acabó con mis esperanzas y disparó los gritos de los que ya fuera junto al cercado, en las Herrerías o en la Factoría habían defendido siempre el juego físico de los alemanes y su contundencia. En la entrega de trofeos vi que Maradona lloraba al otro lado de la pantalla. "¡Qué sentimental!", escuché que alguien dijo a mi lado. Salí del bar y bajé la cuesta. Antes de doblar la esquina de los Capitanes se oían ya las voces de los muchachos: "Atención, Brehme va a disparar... el gol puede valer una Copa del Mundo...". No hubo tiempo para más. Una mujer salió corriendo detrás de Brehme y Goycoechea: "¡Y no volváis por aquí!, todo el día con el balón a vueltas...". El Mundial había terminado.
lunes, 24 de mayo de 2010
Tener "Agallas"
He oído muchas veces en mi familia decir que las gentes de los pueblos más próximos a Las Hurdes hablaban años atrás con desdén de la comarca, que a menudo trataban a sus habitantes como a inferiores y que incluso se compadecían de sus miserias, como si ellos fuesen dueños del más rico vergel. Esa situación ha estado siempre presente en la relación de Las Hurdes con las poblaciones de los llanos de Coria o con las de la cercana Sierra de Francia y, en parte, sigue hoy existiendo. Incluso en la deprimida aldea de Rebollosa, a la que sólo el río separa de la comarca, he oído hablar de Las Hurdes como de un país exótico, lejano y miserable por más que sus pocos moradores tengan que ir a Riomalo a tomar café por no tener siquiera un bar.
Es curioso cómo el ser humano se aferra al pasado y a las leyendas más negras para obviar lo evidente y consolarse con el mal ajeno. Pero lo cierto es que el problema de la despoblación es común a todo el oeste español, desde Lugo hasta Badajoz. Y ahí, claro está, se sitúan Las Hurdes y las tierras que se extienden a su alrededor, incluyendo el salmantino pueblo de Agallas, que días atrás ha sido noticia en la prensa por una curiosa pretensión: segregarse de Castilla y León y pasar a formar parte de Extremadura. Ni qué decir tiene que tal aspiración no es más que una quimera y que lo único que pretenden sus habitantes es llamar la atención sobre la situación de abandono que vive su municipio, pero no deja de llamar la atención ver cómo cambian las tornas.
Hace no muchos años el antropólogo Maurizio Catani ponía como ejemplo la relación de dependencia de El Gasco con respecto a Las Vegas de Domingo Rey –núcleo que pertenece a Agallas- como muestra de que el aislamiento en la comarca había sido hasta cierto punto relativo. Era lo mismo –decía el estudioso radicado en Francia- que lo que sucedía con La Alberca y Las Mestas y explicaba que en esta última no era infrecuente que los mayordomos de las fiestas fuesen vecinos de la villa serrana, si bien advertía que la presencia de esos sujetos contribuía también a levantar un muro en las aproximaciones que desde otros ámbitos se hacían a Las Hurdes. Y así recordaba como paradigma la figura del Tío Ignacio, un albercano que había guiado a Maurice Legendre en sus viajes por Las Hurdes y que, con sus prejuicios, había contaminado la experiencia del director de la Casa de Velázquez.
Por eso, echando un vistazo a la Historia, que a veces resulta demasiado pesada y aplasta cualquier nueva iniciativa, sólo puedo aplaudir a aquellos que tienen “agallas” para reconocer que las cosas han cambiado. Ya no vale mirar por encima del hombro sino aceptar que se está en el mismo barco y que aún queda mucho por remar.
lunes, 17 de mayo de 2010
La Creación
En la novela Diario de un cazador Delibes decía que salir al campo temprano una mañana de domingo era como estrenar la Creación. A mi me pasa cada día de primavera y azul cuando el sol empieza a despuntar entre los pinos y poco a poco ilumina los riscos, los collados y el río. Hay entonces un silencio extraño que sólo rompen las aves en el cielo y algunos habitantes del pueblo que, madrugadores, con sus Buenos días perturban un mundo que hasta hacía muy poco no les pertenecía. Es como si por la noche todo se hubiese recompuesto para ellos, como si El Canchón hubiese pintado sus laderas de un verde intenso y hubiese punteado con mimo los brotes nuevos de los árboles para significar su presencia entre las ramas más veteranas o como si el río, allá en la almazara, donde vierten las frías aguas de Batuecas, hubiese sido tallado en cristal al amparo de la oscuridad.
Camino hasta lo alto del pueblo y me asomo a un cortado. Los castaños de la Vega de los Conejos lucen espléndidos a lo lejos mientras, más abajo, las aguas de l'Arroladrones se hacen sentir cuando atraviesan el puentecillo de piedra y chocan contra la piedra. Se ve también la carretera que va para Cabezo, vacía y lisa, el Perrubio y su cortafuegos, y los alisos que pueblan las riberas. Deshago mis pasos y bajo por la carretera hasta el cruce. No sé cuanto tiempo ha transcurrido. Aún no ha pasado el panadero pero ya hay gente esperándole. Están sentados en un banco enfrascados en una amena charla y dirigiendo sus miradas sin darse cuenta para el Cueto. No sé porqué pero yo también miro hacia ese monte, de abajo arriba, desde la umbría hasta lo alto de su lomo abombado. Descubro en él ese verde tan vivo que esta mañana me ha aturdido. Quiero hacer un comentario, hablarles de lo que he visto, pero callo. Miro a mi alrededor, al cielo y a las casas regadas por una luz mágica y pienso que para algunas cosas sobran las palabras. Así que me apoyo en la pared y escucho atento el debate sobre qué panadero hace mejor el pan en este nuevo día de la Creación.
miércoles, 28 de abril de 2010
Miravete de la Sierra
El otro día vi en el telediario que los vecinos de Miravete de la Sierra, un pueblo de Teruel casi despoblado, habían hecho una campaña publicitaria a través de internet para fomentar el turismo en su municipio bajo el lema "El pueblo en el que nunca pasa nada". Me llamó muchísimo la atención la iniciativa. Al momento teclee el nombre de esa pequeña aldea en mi ordenador y estuve ojeando su página web. La visita virtual me provocó una mezcla de alegría y tristeza. Era digno de admiración que un lugar al borde de la desaparición luchase con fuerza, pero también con humor, contra un destino nada halagüeño, y apostase por perdurar a través de la red y despertar el interés de miles de internautas que, como yo mismo, ya están pensando en visitar ese mágico y remoto espacio del Maestrazgo.
En los años 80 Miravete había acogido a algunos de los últimos miembros del movimiento hippy, personas que aún creían en la idílica vida en comunidad del mundo rural, como fórmula para combatir la despoblación. Aquella experiencia no resultó. Un día esos jóvenes se cansaron, regresaron a sus ciudades y dejaron atrás a los que habían sido sus paisanos. Pero no por eso las gentes de Miravete se rindieron. Han tardado, pero han dado con un arma mucho más potente y universal que, por lo pronto, ha conectado su pueblo con el mío, y quién sabe con cuántos más.
En uno de los spots que hay colgados en la página se puede ver a los 12 habitantes de Miravete mientras uno de ellos dice que si te gusta viajar para conocer nuevas caras, en su pueblo eso sólo te llevara 12 segundos. Cuando lo vi, sonreí con amargura y de inmediato pensé que, por desgracia, en Las Mestas esa misma operación tampoco llevaría más de un minuto.
domingo, 18 de abril de 2010
Olivos
Tras la Semana Santa regresó la rutinaria calma que alimenta el silencio. Los que por unos días habían abandonado sus ciudades en busca de recuerdos de niñez dejaron una vez más la alquería y se marcharon con los turistas que en tropel habían pateado las calles, las cañadas y las veredas con el mismo ánimo que si de un safari se tratase. Los viejos olivos, que tanto habían sido fotografiados por los foráneos y cuyas ramas, ya secas, exhibían las puertas de las casas, volvieron a convertirse en el telón de fondo de cada día, abandonados, viendo como la maleza que también invade las casas viejas y los corrales, asfixia sus troncos.
Es como si los puentes, las fiestas o las vacaciones estivales fuesen un espejismo en el que se dibujasen alegrías y jolgorios que se esparcen por todo el pueblo pero que súbitamente se disipan cuando, una vez más, sólo vuelven a quedar unos pocos en sus calles. Es así cada lunes, cada 15 de agosto o cada 2 de enero, cuando el panadero detiene su furgoneta en la cuesta y no reparte ni diez panes o cuando a media tarde el bar vacío cierra su puerta. Entonces sólo los pájaros rompen el silencio y revolotean entre los cipreses y el campanario. Dan vueltas increíbles en el cielo y, ya exhaustos, cuando empieza a caer la noche, se refugian en los olivos que, en silencio, esperan volver a ser fotografiados, como si por una conjunción cósmica los flashes de las cámaras pudiesen evitar su destino de soledad y maleza. Pero no, no es así. Todo sigue pues para los zarzales no hay fiestas de guardar.
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