lunes, 17 de mayo de 2010

La Creación

En la novela Diario de un cazador Delibes decía que salir al campo temprano una mañana de domingo era como estrenar la Creación. A mi me pasa cada día de primavera y azul cuando el sol empieza a despuntar entre los pinos y poco a poco ilumina los riscos, los collados y el río. Hay entonces un silencio extraño que sólo rompen las aves en el cielo y algunos habitantes del pueblo que, madrugadores, con sus Buenos días perturban un mundo que hasta hacía muy poco no les pertenecía. Es como si por la noche todo se hubiese recompuesto para ellos, como si El Canchón hubiese pintado sus laderas de un verde intenso y hubiese punteado con mimo los brotes nuevos de los árboles para significar su presencia entre las ramas más veteranas o como si el río, allá en la almazara, donde vierten las frías aguas de Batuecas, hubiese sido tallado en cristal al amparo de la oscuridad.

Camino hasta lo alto del pueblo y me asomo a un cortado. Los castaños de la Vega de los Conejos lucen espléndidos a lo lejos mientras, más abajo, las aguas de l'Arroladrones se hacen sentir cuando atraviesan el puentecillo de piedra y chocan contra la piedra. Se ve también la carretera que va para Cabezo, vacía y lisa, el Perrubio y su cortafuegos, y los alisos que pueblan las riberas. Deshago mis pasos y bajo por la carretera hasta el cruce. No sé cuanto tiempo ha transcurrido. Aún no ha pasado el panadero pero ya hay gente esperándole. Están sentados en un banco enfrascados en una amena charla y dirigiendo sus miradas sin darse cuenta para el Cueto. No sé porqué pero yo también miro hacia ese monte, de abajo arriba, desde la umbría hasta lo alto de su lomo abombado. Descubro en él ese verde tan vivo que esta mañana me ha aturdido. Quiero hacer un comentario, hablarles de lo que he visto, pero callo. Miro a mi alrededor, al cielo y a las casas regadas por una luz mágica y pienso que para algunas cosas sobran las palabras. Así que me apoyo en la pared y escucho atento el debate sobre qué panadero hace mejor el pan en este nuevo día de la Creación.


miércoles, 28 de abril de 2010

Miravete de la Sierra

El otro día vi en el telediario que los vecinos de Miravete de la Sierra, un pueblo de Teruel casi despoblado, habían hecho una campaña publicitaria a través de internet para fomentar el turismo en su municipio bajo el lema "El pueblo en el que nunca pasa nada". Me llamó muchísimo la atención la iniciativa. Al momento teclee el nombre de esa pequeña aldea en mi ordenador y estuve ojeando su página web. La visita virtual me provocó una mezcla de alegría y tristeza. Era digno de admiración que un lugar al borde de la desaparición luchase con fuerza, pero también con humor, contra un destino nada halagüeño, y apostase por perdurar a través de la red y despertar el interés de miles de internautas que, como yo mismo, ya están pensando en visitar ese mágico y remoto espacio del Maestrazgo.

En los años 80 Miravete había acogido a algunos de los últimos miembros del movimiento hippy, personas que aún creían en la idílica vida en comunidad del mundo rural, como fórmula para combatir la despoblación. Aquella experiencia no resultó. Un día esos jóvenes se cansaron, regresaron a sus ciudades y dejaron atrás a los que habían sido sus paisanos. Pero no por eso las gentes de Miravete se rindieron. Han tardado, pero han dado con un arma mucho más potente y universal que, por lo pronto, ha conectado su pueblo con el mío, y quién sabe con cuántos más.

En uno de los spots que hay colgados en la página se puede ver a los 12 habitantes de Miravete mientras uno de ellos dice que si te gusta viajar para conocer nuevas caras, en su pueblo eso sólo te llevara 12 segundos. Cuando lo vi, sonreí con amargura y de inmediato pensé que, por desgracia, en Las Mestas esa misma operación tampoco llevaría más de un minuto.

domingo, 18 de abril de 2010

Olivos

Tras la Semana Santa regresó la rutinaria calma que alimenta el silencio. Los que por unos días habían abandonado sus ciudades en busca de recuerdos de niñez dejaron una vez más la alquería y se marcharon con los turistas que en tropel habían pateado las calles, las cañadas y las veredas con el mismo ánimo que si de un safari se tratase. Los viejos olivos, que tanto habían sido fotografiados por los foráneos y cuyas ramas, ya secas, exhibían las puertas de las casas, volvieron a convertirse en el telón de fondo de cada día, abandonados, viendo como la maleza que también invade las casas viejas y los corrales, asfixia sus troncos.

Es como si los puentes, las fiestas o las vacaciones estivales fuesen un espejismo en el que se dibujasen alegrías y jolgorios que se esparcen por todo el pueblo pero que súbitamente se disipan cuando, una vez más, sólo vuelven a quedar unos pocos en sus calles. Es así cada lunes, cada 15 de agosto o cada 2 de enero, cuando el panadero detiene su furgoneta en la cuesta y no reparte ni diez panes o cuando a media tarde el bar vacío cierra su puerta. Entonces sólo los pájaros rompen el silencio y revolotean entre los cipreses y el campanario. Dan vueltas increíbles en el cielo y, ya exhaustos, cuando empieza a caer la noche, se refugian en los olivos que, en silencio, esperan volver a ser fotografiados, como si por una conjunción cósmica los flashes de las cámaras pudiesen evitar su destino de soledad y maleza. Pero no, no es así. Todo sigue pues para los zarzales no hay fiestas de guardar.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Confusos amaneceres



Al amanecer la bruma cubre los regatos y asciende lentamente por las laderas de los montes. Se rasga en las crestas de los collados y acaricia los pinos hasta tocar el cielo. Todo es azul y frío hasta que aparece el primer rayo de sol. Ése que saluda tanto a aquellos que regresan a la alquería después de una noche de fiesta como a los que empiezan entonces su jornada. Los pájaros revolotean por la carretera con sus cantos y el olor a café sale de las puertas de algunas casas. Los mozos sonríen cuando ven a los más mayores ya levantados, preparando el hocino o dispuestos a caminar hasta Batuecas con la fresca. Éstos los miran sin escandalizarse como si sus años les hubiesen curado de espantos. También ellos vivieron esas noches y quizás las recuerden con nostalgia. Poco a poco el griterío de los muchachos irá languideciendo; derrotados por el sueño, buscarán sus camas y dejarán la mañana a quienes se acostaron temprano deseosos de comenzar un nuevo día. Entonces ya no volverán a cruzarse hasta por la tarde, cuando coincidan a la hora del café en el bar. Unos echarán la partida disfrutando de cada triunfo y otros observarán el reloj esperando que llegue otra noche.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Las mañanas en el río

Miro al cielo e intuyo que tarde o temprano empezará a colarse el sol por entre los nubarrones. No sé porqué pero mi mente viaja a la calidez del verano, a esas mañanas de cielo limpio y piedras calientes junto al río. Los niños chapotean en el Charco la Hoya, aprenden a tirarse de cabeza desde el pico o intentan atrapar renacuajos allá donde la corriente es menos fuerte. Hay también barcas y colchonetas de plástico que algunos padres han tenido que cargar hasta allá abajo para ver poco después cómo sus vástagos ni siquiera las usan un minuto. Unos chicos han visto una culebrilla cerca de las compuertas y esa atracción, que congrega las miradas de todos, es más poderosa que cualquiera de los ingenios humanos. “No os acerquéis” les gritan los mayores. Y no lo hacen, aunque no por obediencia sino por temor. Observan el animal desde una distancia prudente hasta que el más decidido de los muchachos agarra a la culebra por la cola y la levanta para el asombro de todos. La arroja más a bajo de la presa y la función queda concluida no sin antes ganarse la admiración de los más pequeños.
El sol, en lo más alto, pega con fuerza y las madres, con sombreros y gafas de sol, embadurnan a sus hijos con crema una y otra vez. También a sus maridos, que, no obstante, buscan la sombra de la encina y echan un vistazo a un periódico que en una hora habrá pasado por más de diez manos, esperando la hora del vermú. Muchos, antes de subir al chiringuito, escaleras arriba, se vuelven a dar un chapuzón para estar más frescos, y cuando se acercan a la barra del bar lo hacen chorreando. Piden cervezas en jarras frías para ellos y helados para los muchachos. “Pero que no sea de hielo”, le dice una madre al camarero y el listado que sostiene ante la mirada de los niños queda reducido a la mitad.
Subirán ya tarde por la cuesta hasta el pueblo y cuando lleguen a sus casas tenderán las toallas en los balcones para que estén secas por la tarde. Comerán con el sermón del telediario de fondo y dormitarán en la calle, junto a sus puertas, mientras los niños esperan aburridos a que se cumpla la larga digestión.