domingo, 18 de abril de 2010

Olivos

Tras la Semana Santa regresó la rutinaria calma que alimenta el silencio. Los que por unos días habían abandonado sus ciudades en busca de recuerdos de niñez dejaron una vez más la alquería y se marcharon con los turistas que en tropel habían pateado las calles, las cañadas y las veredas con el mismo ánimo que si de un safari se tratase. Los viejos olivos, que tanto habían sido fotografiados por los foráneos y cuyas ramas, ya secas, exhibían las puertas de las casas, volvieron a convertirse en el telón de fondo de cada día, abandonados, viendo como la maleza que también invade las casas viejas y los corrales, asfixia sus troncos.

Es como si los puentes, las fiestas o las vacaciones estivales fuesen un espejismo en el que se dibujasen alegrías y jolgorios que se esparcen por todo el pueblo pero que súbitamente se disipan cuando, una vez más, sólo vuelven a quedar unos pocos en sus calles. Es así cada lunes, cada 15 de agosto o cada 2 de enero, cuando el panadero detiene su furgoneta en la cuesta y no reparte ni diez panes o cuando a media tarde el bar vacío cierra su puerta. Entonces sólo los pájaros rompen el silencio y revolotean entre los cipreses y el campanario. Dan vueltas increíbles en el cielo y, ya exhaustos, cuando empieza a caer la noche, se refugian en los olivos que, en silencio, esperan volver a ser fotografiados, como si por una conjunción cósmica los flashes de las cámaras pudiesen evitar su destino de soledad y maleza. Pero no, no es así. Todo sigue pues para los zarzales no hay fiestas de guardar.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Confusos amaneceres



Al amanecer la bruma cubre los regatos y asciende lentamente por las laderas de los montes. Se rasga en las crestas de los collados y acaricia los pinos hasta tocar el cielo. Todo es azul y frío hasta que aparece el primer rayo de sol. Ése que saluda tanto a aquellos que regresan a la alquería después de una noche de fiesta como a los que empiezan entonces su jornada. Los pájaros revolotean por la carretera con sus cantos y el olor a café sale de las puertas de algunas casas. Los mozos sonríen cuando ven a los más mayores ya levantados, preparando el hocino o dispuestos a caminar hasta Batuecas con la fresca. Éstos los miran sin escandalizarse como si sus años les hubiesen curado de espantos. También ellos vivieron esas noches y quizás las recuerden con nostalgia. Poco a poco el griterío de los muchachos irá languideciendo; derrotados por el sueño, buscarán sus camas y dejarán la mañana a quienes se acostaron temprano deseosos de comenzar un nuevo día. Entonces ya no volverán a cruzarse hasta por la tarde, cuando coincidan a la hora del café en el bar. Unos echarán la partida disfrutando de cada triunfo y otros observarán el reloj esperando que llegue otra noche.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Las mañanas en el río

Miro al cielo e intuyo que tarde o temprano empezará a colarse el sol por entre los nubarrones. No sé porqué pero mi mente viaja a la calidez del verano, a esas mañanas de cielo limpio y piedras calientes junto al río. Los niños chapotean en el Charco la Hoya, aprenden a tirarse de cabeza desde el pico o intentan atrapar renacuajos allá donde la corriente es menos fuerte. Hay también barcas y colchonetas de plástico que algunos padres han tenido que cargar hasta allá abajo para ver poco después cómo sus vástagos ni siquiera las usan un minuto. Unos chicos han visto una culebrilla cerca de las compuertas y esa atracción, que congrega las miradas de todos, es más poderosa que cualquiera de los ingenios humanos. “No os acerquéis” les gritan los mayores. Y no lo hacen, aunque no por obediencia sino por temor. Observan el animal desde una distancia prudente hasta que el más decidido de los muchachos agarra a la culebra por la cola y la levanta para el asombro de todos. La arroja más a bajo de la presa y la función queda concluida no sin antes ganarse la admiración de los más pequeños.
El sol, en lo más alto, pega con fuerza y las madres, con sombreros y gafas de sol, embadurnan a sus hijos con crema una y otra vez. También a sus maridos, que, no obstante, buscan la sombra de la encina y echan un vistazo a un periódico que en una hora habrá pasado por más de diez manos, esperando la hora del vermú. Muchos, antes de subir al chiringuito, escaleras arriba, se vuelven a dar un chapuzón para estar más frescos, y cuando se acercan a la barra del bar lo hacen chorreando. Piden cervezas en jarras frías para ellos y helados para los muchachos. “Pero que no sea de hielo”, le dice una madre al camarero y el listado que sostiene ante la mirada de los niños queda reducido a la mitad.
Subirán ya tarde por la cuesta hasta el pueblo y cuando lleguen a sus casas tenderán las toallas en los balcones para que estén secas por la tarde. Comerán con el sermón del telediario de fondo y dormitarán en la calle, junto a sus puertas, mientras los niños esperan aburridos a que se cumpla la larga digestión.

viernes, 26 de febrero de 2010

De San Baskardo a Las Mestas

Descubrí a Ramiro Pinilla por casualidad. Un domingo de 2007 en el suplemento del periódico se hablaba de su novela Antonio B., el Ruso. Ciudadano de Tercera. Era la biografía de un hombre agreste, en ocasiones más próximo a los animales que a las personas, que en la comarca leonesa de la Cabrera –la que Ramón Carnicer comparó con Las Hurdes- había sufrido lo peor de la Posguerra y el Franquismo, y se había dado al robo como único medio de supervivencia. Su vida había ido dando tumbos de un sitio para otro para acabar en Bilbao pasando por Andalucía. Aunque él mismo reconociese que sólo se sentía feliz en su aldea, La Baña. Mientras leía la novela fui viendo en el Ruso a un hurdano de esos tiempos que apenas sí tenía para llevarse a la boca una hoja de berza. Visité la Cabrera y hallé silencio en el pueblo del Ruso y majestuosidad en las montañas que lo rodeaban.

Mi siguiente cita con Pinilla fue Verdes Valles, colinas rojas, un choque entre el mundo tradicional vasco y su rápida industrialización a finales del siglo XIX. Cuando Pinilla hablaba de los verdes valles yo no podía sino pensar en Las Hurdes y reconocer en los personajes que desfilaban por sus páginas a muchos de mis paisanos que desde que tenían uso de razón se habían aferrado con fuerza a su tierra. Es cierto que en Las Hurdes no hay industria pero también aparecieron ante mí algunos conocidos que no se conformaron con el orden establecido, ésos que en vez de huir de la autoridad mal entendida de guardias y maestros les hicieron frente porque la sangre les hervía cuando veían claudicar a sus mayores ante tanto señorito.

Luego siguieron dos novelas deliciosas, La Higuera y Un muerto más, en las que Pinilla seguía universalizando las vivencias de su Getxo –como él escribe- natal y haciendo posible que mi mente recorriese kilómetros y kilómetros en décimas de segundo entre Las Mestas y la aldea de San Baskardo. Me sucede lo mismo ahora, mientras leo Las ciegas hormigas, una obra que ganó el Nadal hace más de cincuenta años y que por fin se reedita. Y creo que los nuestros también se merecen una novela por más que sea imposible alcanzar a Pinilla…

miércoles, 3 de febrero de 2010

El fútbol y el (ex)alcalde

En Las Mestas no hay campo de fútbol pero siempre nos las hemos ingeniado para inventarnos uno. Cuando era pequeño solíamos jugar en el cruce de abajo y la pequeña cochera de la esquina hacía las veces de portería. Si nos echaban de allí, íbamos a las Herrerías o incluso al jardín de la Casa del Médico. Jugábamos a no dejar caer la pelota, a colgarla desde la banda o a marear al del medio en unos rondos. Era como un entrenamiento y cuando nuestros gritos o los pelotazos contra las paredes despertaban la atención de otros muchachos, íbamos subiendo en número hasta ser suficientes como para echar un verdadero partido. Entonces subíamos a la Factoría, que era por entonces un edificio abandonado y ruinoso, y jugábamos en el jardín. Formaba un rectángulo perfecto rodeado en tres de sus flancos por un paseo porticado y árboles en su única cara descubierta. Dos columnas a un lado y dos grandes abetos al otro hacían las veces de porterías, que cambiábamos al término del primer tiempo reglamentario. Contra la que daba al edificio se podían disparar auténticos zambombazos pero contra la que delimitaban los árboles había que afinar la puntería y efectuar lanzamientos precisos. Si no, si el balón iba fuera, tocaba ir a buscarlo incluso hasta cerca del arroyo. Allí fuimos puliendo nuestra poco depurada técnica y un año acabamos convirtiéndonos en los campeones de Las Hurdes en un campeonato que se jugaba en Nuñomoral. Ése fue el mayor éxito deportivo de nuestra alquería y en el viejo bar de la Ramona aún está la copa que nos dieron, aunque fueron los derbis contra Ladrillar los partidos que más nos motivaban. Jugábamos siempre en campo contrario –uno de verdad que plantaron río arriba al borde de un precipicio- y a menudo se desencadenaban encarnizadas batallas. A veces ganábamos y otras perdíamos, pero siempre terminábamos regresando para comprobar si nuestros entrenamientos en La Factoría daban resultado. Ellos nunca bajaron a jugar a nuestra casa pero estoy seguro que si hubiésemos tenido oponentes entre esas paredes hubiéramos vendido cara la derrota.

Cuando años más tarde se construyó la Hospedería perdimos nuestro estadio y ya sólo nos quedó subir de vez en cuando a Ladrillar o echar pachangas en la carretera. Ahora los novios presiden los banquetes de bodas desde una de las porterías y en verano los huéspedes del hotel corren la banda directos a la piscina. Los mocasines, en unas ocasiones, y las chanclas, en otras, han dejado atrás a las viejas botas de fútbol pero cada vez que subo al hotel no puedo dejar de pensar en las tardes gloriosas que hemos pasado allí y en el polvo que levantaban nuestras carreras. En cómo el campo se iba llenando poco a poco y los equipos iban aumentando con recién llegados sin que hubiese que ir a buscar a nadie a su casa.

Las Jornadas sobre Medio Ambiente en Las Hurdes que se celebraron el otro día en la Hospedería fueron en cierto sentido uno de esos partidos abiertos que disputábamos en el viejo campo. Todo el mundo estaba invitando y la gente respondió. Bueno, todos no. El ex-alcalde de Ladrillar, que es ahora presidente de la Mancomunidad, no asistió. Según dijo, no habían contado con él para organizar el Encuentro y en vez de dar su opinión sobre un “partido” que se jugaba en su municipio, prefirió quedarse en el banquillo. Si cada vez que hubiésemos subido a la Factoría hubiésemos tenido que llevar un árbitro creo que todavía estaríamos esperando para echar nuestra primera pachanga.